A Eslovenia con la poesía de Tomaž Šalamun

¡Hola, viajeros!

Retomamos la sección literaria del blog encaminándonos esta vez a Eslovenia, el segundo de los países que conoceremos en La vieja Europa. Si la semana pasada hablábamos de dos novelas escritas por la autora croata Dubravka Ugrešić hoy le toca al turno a la poesía eslovena.

Tomaž Šalamun nació en Zagreb en 1941 pero se trasladó muy pronto con su familia a Ljiubljiana, ciudad en la que estudiaría historia del arte y comenzaría su andadura poética. A lo largo de su vida publicó más de cuarenta obras en esloveno, y algunas en inglés. En español, podemos leer la Selección de poemas publicada en Visor en 1999, libro que presentaremos a lo largo de estas líneas.

Selección de poemas, Tomaž Šalamun

La selección realizada en esta antología nos permite vislumbrar los temas principales de la obra del autor, entre los que destaca un continuo diálogo consigo mismo y con la condición humana. Las reminiscencias de sucesivas guerras son otro de los lugares comunes a los que acude el poeta y por ello sus palabras expresan frecuentemente el absurdo y la crueldad. Pero también caben en su obra el canto al amor y la reflexión sobre la escritura y la poesía. Hay lugar, por tanto, para la esperanza, como se desprende de estos versos del libro La blanca Ítaca, de 1972:

que la primavera sea copiosa, las sombras de los montes suaves
las palabras sencillas, que sea tierno el pan caliente
que las ruinas se cubran de verde, meditación de los viajeros

Precisamente esa capacidad de conjugar la dualidad de civilización y barbarie es manifiesta en los poemas dedicados a Eslovenia: sus ciudades pueden ser una fiesta o un cementerio. Por todo ello, la lectura de Tomaž Šalamun conmueve. Como muestra, os dejamos con uno de nuestros poemas favoritos, publicado en 1983 en el poemario La voz, que nos gusta especialmente porque nos ayuda a imaginar el paisaje esloveno transportándonos hasta él y, sobre todo, porque deja la balanza del lado del optimismo.

HOGAR

Lejos, donde las praderas son oscuras.
Crece una flor seca, cubierta de nieve.
Y canta el gallo, a pesar del frío.
Camina, sus patas son como pequeñas pezuñas.

Lejos, donde se abre la flor a través de la nieve.
Florece azul sobre la nieve blanca.
El sol la abraza y adormece.
El amor la protege del frío.

Lejos, donde las cascadas golpean sobre las salientes.
Donde las gamuzas protegen la hierba con sus cuerpos.
Hay un puente. En el puente estoy yo, indeciso.
Y no sé si saltar o nadar.

Lejos se oye el ruido de las cucharas en la casa.
Humo, hay humo blanco en el cielo claro.
Siento el aroma del pan. El olor de las gachas.
Una niña abre la ventana. Alimenta a un pajarillo.

Lejos hay cintas de colores sobre los abetos del bosque.
Los abetos están nevados y no hay trineos.
Una cinta se desprende y vuela como una cometa
para que recuestes tu cabeza sobre el azul del cielo.

¿Quién no tiene ganas de viajar allí después de leer este poema?

¡Saludos viajeros!

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